Abdón Ubidia

Quito, 21 de julio de 2023

Doctor
Manuel Medina
Presidente
Asociación de Ecuatorianistas

Distinguidos miembros de la Asociación de Ecuatorianistas:

Realmente, no sé cómo agradecer este generoso e intempestivo homenaje. Acostumbrado, por defecto —por default, como dirían ahora— a buscarle la quinta pata al gato, o lo que es lo mismo, a mirar las cosas desde una actitud doble, geminiana, no puedo dejar de pensar que este evento que me honra muestra un otro rostro que me asusta: el de ser también una despedida.

A estas alturas del partido, no puedo dejar de pensar que lo más decidor o importante de mi vida y mi vida literaria ya ha transcurrido y que el fantasma del fin está más presente que nunca.

De esta precipitación en mis abismos personales, me salva lo que he dicho y repetido tantas veces: que todo en la vida humana se logra en el fingimiento de que la muerte no existe. Sólo así tiene sentido trabajar, proyectar, construir y, por cierto, escribir.

La cara amable de un homenaje nos muestra el reconocimiento de que lo que uno ha hecho a lo largo de la vida mereció la atención del otro, de los demás, aunque no fueren tantos, a quienes llegó tu mensaje. Toda literatura es un hecho erótico, que implica justamente la presencia del otro para ser acto, mensaje, gesto, comunicación.

“Escribo para que me quieran mis amigos”, resumió en una declaración ingenua y estrambótica, como casi todas las suyas, el genio colombiano García Márquez. Pudo añadir que el amor implica también tristezas y fracasos. No le fue necesario, porque de eso se ocupa también la literatura. Y acaso es su materia prima mayor.

Con lo cual se consuma la total comunión entre tu yo y el de los otros, pues los humanos somos seres gregarios y, como tantos lo han dicho, nada en el mundo nos es ajeno. De modo que tu soledad es la soledad de todos; tu angustia, la angustia de los otros; tu esperanza, la esperanza de los demás. “Nadie es una isla”, escribió John Donne. Solo en esa consonancia es posible la literatura y, por ella, vale la pena escribir.

Acabo de cumplir 79 años. Entonces, con suerte, el año próximo redondearé la cifra. Más allá del espanto y de la sorpresa, viene otra pregunta acuciante: ¿valió la pena escribir?

Es de lo único que estoy seguro, en medio de la voraz jauría de incertidumbres que me persiguen. Sí, valió la pena. Y no solo por los modestos productos logrados, sino por todo lo que la escritura trae consigo: la salvación personal, existencial, el poder darle sentido a eso que sabemos que no lo tiene.

Y luego, el otro polo necesario de la escritura: la lectura de libros maravillosos, las horas largas en que, gracias a ellos, transformamos la soledad en libertad, la angustia en embrujamiento, el vacío en plenitud, la ignorancia en saber.

Una religión personal que me ha permitido elevar a mis altares íntimos una lista sagrada de santos amados: Shakespeare, Kafka, Dostoievski, Faulkner, Sartre, Rulfo, Onetti; y también los nuestros: Palacio, Dávila Andrade, Adum.

Si la escritura nos trae la lectura y la lectura el aprendizaje —es decir, el aprender a aprender—, el círculo de salvación se completa. No puedo dudar: la escritura es un acto de salvación.

Gracias a ella he podido sobrellevar el arduo mundo que me tocó vivir. Tantas catástrofes y desencantos. En primer término, el de una modernidad mentirosa que nos prometió un futuro redentor. Bauman, en Retrotopía, nos muestra el futuro horrible que nos espera, más allá de la catástrofe climática y de las amenazas de la Inteligencia Artificial.

Hay un giro ideológico que, por negar las ilusiones del futuro “que fue” —como dice la novela de Daniela Alcívar Bellolio— nos arroja a la nostalgia de un pasado que también consagró hecatombes, como el fascismo.

Al final de la vida estoy como al principio: con el corazón lleno de incertidumbres, sin saber a dónde ir en un mundo que no me gusta. No me queda más que aferrarme a mi tabla de salvación: seguir escribiendo. Seguir leyendo. Seguir aprendiendo. Seguir enseñando.

En el balance final he obtenido mucho de la escritura: viajes, ediciones, traducciones, premios, amigos —y algunos enemigos entrañables—. Y me ha sido dado el poder testimoniar, modestamente, el mundo que me ha tocado vivir.

Lo he hecho de modo doble: con una línea de relatos urbanos, quiteños; y otra que se pretende universal y fantástica, en la serie que he llamado Divertinventos. No en vano, Séneca decía que somos a un tiempo locales y universales.

Entonces repito la respuesta: sí, valió la pena escribir. Y este generoso homenaje la confirma.

Sobre todo, por venir de un organismo que quiero, respeto y admiro: la Asociación de Ecuatorianistas, agrupación que desde 1987 ha ejercido la labor solidaria y filantrópica de investigar y dar a conocer nuestra literatura.

Un Ecuador que afirma su derecho a existir con una contundente geografía, una historia tumultuosa y un correlato literario que permite ver, como a trasluz, los hechos oficiales, pero con el añadido fundamental de la vida vivida.

Gracias, pues, queridos amigos, por su constante labor en pro del estudio y la divulgación de nuestras letras. Y mil gracias por este sentido homenaje.

Abdón Ubidia